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91 La evaluación como cultura para la mejora Es todavía raro, pero existen algunos procesos o sistemas de evaluación educativa que son concebidos y operados como parte integral del proceso educativo mismo. Nuestra educación requiere urgentemente propuestas que vean a cada sujeto educativo y al proceso educativo como tal con toda su complejidad y traten de abordarlo de esta manera. Requerimos una evaluación que se construya y se viva desde la convicción de que evaluar es parte de educar y que se puede educar evaluando y se puede también evaluar educando. Una evaluación a la vez más holística y compleja y más humilde en sus alcances y pretensiones será una evaluación que contribuya a mejorar la educación, sabiendo que lo que se está mejorando es siempre en parte evaluable y en parte intangible, por más cualitativa y holística que sea la evaluación establecida. Este tipo de evaluación se entiende como el reto permanente de construir y reconfigurar una cultura de mejora de los procesos educativos manifiestos en las prácticas educativas cotidianas, en las estructuras organizacionales que gestionan los esquemas de recurrencia que orientan estas prácticas y los significados y valores que subyacen en el proceso educativo y condicionan los modos concretos de vivirlo. La evaluación y la comunicación Una evaluación auténticamente educativa como la descrita es una evaluación que está íntimamente ligada al proceso de comunicación en el aula y en toda la institución educadora, es decir, es una evaluación que no rompe el círculo comunicativo al construir, aplicar y procesar información sobre la calidad de los procesos, que luego se guarda en un cajón y no llega nunca de regreso a quienes la generaron. La evaluación auténtica completa el círculo comunicativo porque se genera desde los actores de la educación y vuelve a ellos en forma de diálogo para la mejora, a través de información, análisis, interpretaciones diversas, preguntas, reflexión, espacios para la deliberación individual y colegiada, toma de decisiones para la autotransformación personal, grupal e institucional. No hay proceso de evaluación completo si no se cierra este círculo comunicativo y se permite, de manera abierta y dialógica, que los actores que generan la información puedan conocerla, analizarla, dialogarla, iluminarla con teoría educativa de calidad, deliberar sobre ella para tomar decisiones de intervención en la práctica que la mejore, la transforme, la reoriente continuamente. De aquí que una evaluación educativa auténtica tiene que vivirse como un proceso participativo y comunitario. La evaluación y la democracia: transparencia y rendición de cuentas La evaluación educativa auténtica tiene estrecha relación con el modelo de sociedad democrática que aspiramos a construir porque promueve la transparencia en los procesos y la rendición de cuentas por parte de los responsables de sus distintos niveles y dimensiones. De esta manera, el aula se abre a la realidad externa, se vuelve un espacio enmarcado por cristales y no una fortaleza amurallada; la docencia deja de ser algo “privado” (Lieberman y Miller) y se comparte, brinda información sobre sus aciertos y limitaciones a quienes estén interesados en su mejora; el docente deja de ser un ermitaño aislado en el mundo de su propio salón y escudado en la “libertad de cátedra”, y se vuelve un actor social del espacio institucional, un actor participativo, generador y receptor de información relevante sobre los distintos aspectos del proceso de enseñanza-aprendizaje y co-constructor de estrategias de mejoramiento y transformación continua. Pasos para cerrar el círculo Desde esta convicción deberíamos sumarnos al proyecto de la revista Pasos que hoy se presenta a partir de la iniciativa del claustro de la Coordinación de Evaluación Académica. Desde esta perspectiva, deberíamos comprometernos a colaborar desde nuestra propia trinchera a este nuevo espacio que vuelve a inyectar aire fresco a nuestra institución que tiene hoy grandes carencias de espacios para la expresión académica. Desde este compromiso deberíamos colaborar, aportar, abrirnos y también pedir, cuestionar, esperar que la revista, como su nombre lo indica, sea el símbolo en blanco y negro de pasos que cierren el círculo comunicativo sobre los procesos institucionales de evaluación para abrirnos a una nueva cultura de mejora continua a partir de la evaluación que se genera, se procesa, se analiza, se interpreta y se dialoga en la comunidad universitaria amplia. Pasos que cierren el círculo para llevarnos a una evaluación educativa auténtica, cada vez más holística y, al mismo tiempo, cada vez más humilde y consciente de sus alcances y limitaciones, una evaluación que no sea lo que “hacemos a otro porque no queremos que nos hagan a nosotros”, sino lo que vemos con claridad que nos ayuda y hace ayudar a otros a mejorar la calidad de lo que hacemos y por eso “queremos hacerla todos juntos”. Aprovechemos este nuevo espacio para ir dando esos pasos que cierren el círculo comunicativo sobre la calidad de nuestros procesos educativos a partir de los datos que arroja la evaluación formal e informal, cuantitativa y cualitativa, heterodirigida institucionalmente y autogestionada personal y grupalmente.

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