Rúbricas Número Especial

13 México llegó a la conmemoración del Bicentenario de la Independencia y del Centenario de la Revolución Mexicana sumido en una ola de violencia. Al mes de abril de 2010, el combate contra el narcotráfico que el gobierno federal inició en 2007 arrojaba un saldo de más de 22 mil muertos, cifra que, se calculaba, ascendería a 30 mil al finalizar el año. Año y medio después, la estimación se duplicó y 2011 cerró con un número escalofriante: 60 mil 420 homicidios según la sumatoria del semanario Zeta. La estadística, junto con sus efectos –secuestros, torturas, desapariciones, desplazamientos y extorsiones, por mencionar algunos–, empañó los festejos patrios. No faltaron, y tampoco han cesado, los intentos de maquillar esta ominosa realidad, particularmente de cara al recuerdo de dos hitos en la historia mexicana. Sin embargo, el recrudecimiento de la violencia desbordó la panorámica patriótica. A la cita con los 200 años del inicio de la guerra por la Independencia y los 100 años del comienzo de la gesta revolucionaria que perfiló el destino del país en buena parte del siglo xx, México llegó con territorios capturados por el crimen organizado. Los tiempos que se narran enseguida son reflejo de tres miradas sobre la manera en que este clima de violencia ha configurado las interacciones comunicativas en México. El primer tiempo es una reacción, desde un medio marginal, animada por un espíritu de hartazgo y con un emplazamiento fulminante: “¡Basta de sangre!”. Había que poner un alto a la escaldada de violencia y muertes, concluyó una media decena de moneros que encontraron en pocos días solidaridad y eco en miles de personas. En respuesta a este reclamo, el segundo tiempo retrata un intento de adaptación de la prensa nacional ante un contexto de alto riesgo. A la pregunta ¿de qué forma pueden los medios de comunicación evitar ser voceros involuntarios de los hechos criminales?, una cúpula de personas ligadas a la industria mediática contestó que una vía era la firma de un acuerdo con criterios editoriales comunes para la cobertura periodística de la violencia. Finalmente, el tercer tiempo explora un terreno que ha quedado al margen de las reacciones y las respuestas que los medios tradicionales han manifestado ante el ambiente de violencia: las redes sociales. Allí, en esa interacción digital que en ciertas regiones del país se ha convertido en herramienta de supervivencia frente a las disputas entre cárteles del narcotráfico, y los enfrentamientos entre miembros de las Fuerzas Armadas y bandas delictivas, pareciera encontrarse una atmósfera de vulnerabilidad mayor. Escritos con la individualidad de cada uno de sus autores, los tiempos relatados fueron prefigurados a través de reflexiones y puestas en común respecto a la relación que tiene la violencia y los medios, o los medios y la violencia, en la escena mexicana.

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