Rúbricas 3

62 Primavera - Verano 2012 A diferencia de la estratificación en castas del régimen colonial, que consideraba el mestizaje como un proceso denigratorio que enturbiaba la sangre, la inteligencia y el buen sentido de la población europea o criolla a medida en que se mezclaba con los indígenas o con los negros traídos de África, a partir del proceso de independencia el concepto de mestizo deja de ser una categoría racial inferiorizada para pasar a ser un concepto que designa a un sujeto redentor de la nación. Escriben los autores: En el México independiente y postrevolucionario el afán y la necesidad de construir una nación moderna, de acuerdo al modelo europeo y norteamericano, y sometida al expansionismo del capitalismo industrial, llevaron a las élites de los siglos xix y xx a buscar los medios de integrar a la población, que era en su mayoría indígena, de manera que pudieran deshacerse de una cultura considerada gloriosa en el pasado, pero inferior en el presente. La ideología mestizante fue la construcción simbólica elegida que permitía elogiar a las culturas prehispánicas y disolver al indio del presente, y que permitía particularizarse respecto a las otras naciones. Esa ideología, supuestamente anti-racista, que se orientaba al nacimiento de la raza cósmica y del verdadero mexicano, suponía el blanqueamiento biológico y profundizaba el colonialismo mental de la población. Las consecuencias se expresaron en una “identidad nacional” con rasgos autodenigratorios, machistas y racistas (127). La tarea que se plantearon entonces, Maru Sánchez y Jorge Gómez, fue la deconstrucción de la llamada identidad nacional que está sustentada en la categoría de mestizaje, en sus vertientes secular y religiosa, de ahí que aborden simultáneamente el tema de la Virgen de Guadalupe como mito fundador de la nación mexicana, analizando su función como Virgen india durante la conquista, criolla durante la independencia, mestiza durante el liberalismo e incluso como Virgen migrante e indocumentada o Virgen zapatista en la rebelión de Chiapas. La tarea de deconstruir la identidad nacional para analizar sus componentes, para saber de qué está hecha, tiene como propósito –declaran los autores– buscar nuevos enfoques y herramientas que permitan elucidar otros referentes de cohesión social, que favorezcan formas de relación humana en las que sea posible una igualdad sin homogeneización y la existencia de diferencias sin discriminación. La lectura del libro puede ayudarnos, efectivamente, a orientarnos en esta búsqueda, porque nos demuestra por donde no debemos conducirnos, lo que ya constituye un enorme mérito, pero la exploración de nuevas alternativas queda en suspenso en el texto, que, sin embargo, indica un rumbo plural y democrático a seguir. A esto volveré más adelante. Los autores nos muestran cómo con el movimiento de independencia el concepto “mestizo” pasa a ser el sustento de la identificación nacionalista en México, pero se trata, nos dicen, de una identidad nacional-racista, en este caso dirigida contra su propia población. La mestizofilia de las élites resalta las virtudes del mestizaje como única vía para blanquear, biológica y culturalmente a la población india. Se propicia entonces, a lo largo del siglo xix y principios del xx, la inmigración de población europea que coadyuve a realizar esta monumental y redentora tarea. La mestizofilia no es una argumentación exclusivamente racial sino que está sustentada en lo que a los ojos de las élites blanqueadoras –como las llaman los autores– son evidencias de progreso y desarrollo: la industria capitalista y las relaciones salariales en lugar de la economía de autoconsumo y el trabajo familiar no remunerado; el desarrollo tecnológico que impulsa una permanente modernización y no el estancamiento técnico secularmente repetitivo de la economía campesina; los hábitos de consumo urbano que generan nuevas y siempre cambiantes formas de vida vinculadas a los modelos internacionales y no las dietas, vestimentas y habitaciones tradicionales propias de las comunidades rurales; la evangelización católica o protestante y no la religiosidad de origen mesoamericano, que tiene un fuerte tufo a magia y superstición; la alfabetización y no la tradición oral, el castellano y no las lenguas indígenas “que nadie entiende”, como decía torpemente Francisco Pimentel… en una palabra, la occidentalización moderna y siempre renovada y no la milenaria tradición indígena. La tarea que se plantean los liberales de ayer y hoy consiste, pues, en desindianizar a la población indígena y campesina. No es otro el objetivo que persigue, por ejemplo, el proyecto de ciudades rurales planteado por el señorito que tenemos de gobernador. Pero el problema no se detiene ahí, el asunto es que esa ideología occidentalizante se ha interiorizado a tal grado en la población, que vivimos en un país en que la gente trata de denigrarse, en serio o en broma, llamándose indios y nacos unos a otros. El problema es que esta figura racista está ya tan incrustada en la subjetividad nacional que cada cual hace un esfuerzo por desindianizarse a sí mismo. Porque el propósito blanqueador de las élites no sólo compete a ellas, sino a quienes han creído –y han sido y son millones– en la conveniencia de blanquerse a sí mismos para encontrar una mejor posición en la vida y mejores oportunidades de ascenso social. La idea de que el progreso por la vía occidental implica un mejoramiento en la calidad de vida está metida hasta la médula en la inmensa mayoría de la población urbana y rural. La metáfora del blanqueamiento requiere ser matizada para el siglo xix en nuestro país, pues aunque la inmigración europea cambió el perfil y la composición demográfica de todo el continente americano, sobre todo de Estados Unidos, que pasaron de 6 a 76 millones de habitantes en aquel siglo, en México no fue tan significativa como en otros países de América Latina, sin que esto signifique que no tuvieran peso los prejuicios y valores occidentales.

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