Rúbricas 3

64 Primavera - Verano 2012 que el segundo nos remite a una ideología y una práctica frente a esa realidad. El multiculturalismo, en tanto que ideología, plantea, en nombre del respeto a la diferencia, la separación de las partes y, en consecuencia, tiende a la disgregación. El pluralismo, en cambio, procura la unidad en la diversidad, regida por los principios que he mencionado. Cuando el movimiento zapatista exigió el reconocimiento de los acuerdos de San Andrés y su inclusión en la Constitución de la República, haciendo acto de presencia en el Congreso de la Unión en aquella célebre marcha de las montañas de Chiapas a la ciudad de México, todo parecía indicar que al fin se promulgaría una ley indígena justa y democrática. Todo apuntaba a que a partir de ese momento el país podría comenzar a encausarse por la ruta del pluralismo, pero no fue así. No estuvieron a la altura de las circunstancias los representantes populares de la izquierda y el concepto de autonomía causó tal temor que se habló de la balcanización de México y de que la soberanía nacional corría peligro ante la actitud separatista de los pueblos indios. No se entendió, o no se quiso entender en sus términos justos, la demanda de autonomía, y la comandancia zapatista, me parece, en un acto de impaciencia, cometió el error de retirarse a la selva con las manos vacías. En cambio, se propuso y se promulgó una ley indígena anodina, elaborada por Fernández de Ceballos y Manuel Bartlett, quien, por cierto, le debe una explicación a la izquierda sobre este asunto. Y sería, sin duda, muy interesante escucharlo, pues es uno de los representantes más lúcidos del liberalismo mexicano en su versión nacionalista revolucionaria. En fin, termino diciendo que el libro de Maru Sánchez y Jorge Gómez Izquierdo es un audaz y ágil análisis de la identidad nacional, que desenmascara sus mitos y artilugios y pone sobre la mesa, bajo viejos presupuestos y nuevas observaciones, el gran tema de los pueblos indígenas, que son muchos y muy diversos y necesitan ser examinados en su singularidad. Los grandes cambios en lo que Mcluhan llamó la aldea global han provocado, quizá, un extravío identitario en grandes sectores de la población, que están a medio camino entre una cultura campesina, que han abandonado porque el Estado se desinteresó irresponsablemente de la producción agrícola desde hace al menos tres décadas, y una vida urbana que los excluye y discrimina, tanto en las ciudades de México como en Estados Unidos. Dicen los autores: Estamos frente a una ruptura o desarticulación de las mediaciones institucionales y simbólicas del pasado. Frente a un proceso de reordenamiento de diferencias y desigualdades y frente a un resquebrajamiento de los protocolos de interculturalidad que, aunque frágiles, lograban cierta cohesión social. Hay una meta que a medida que transcurre el tiempo a mí me parece cada vez más lejana, y es la de garantizar que la diversidad cultural de los pueblos indígenas pueda expresarse con plena libertad además de atender con justicia sus demandas. Sólo en una sociedad que se plantee una civilizada convivencia en la diversidad y esté dispuesta a transformarse para lograrlo, se podrá, al fin, vivir en un ambiente de concordia y equidad intercultural.

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