Rúbricas 9

38 primavera verano 2015 La visión de patrimonio natural o cultural, con apenas el 3% mixto, parece incompleta en el siglo xxi, ante un giro ontológico y epistemológico que invita a aprehender que natura y cultura no funcionan de manera aislada, que ensamblan sistemas socioambientales, híbridos, asociaciones humano/no-humano, entre otras formas de llamarlo, y que entenderlo resulta crucial para aumentar la resiliencia. Los patrimonios culturales no carecen de naturaleza y viceversa. Está claro que en la ciudad quiteña colonial destacan las edificaciones, tradiciones y otros elementos, pero éstos funcionan asociados con la biodiversidad, la agrodiversidad, sus contornos rurales, sus refugios de vida en quebradas, lagunas, parques, etc. Pero si coincidimos en que la exacerbación de la comprensión compartimentalizada de natura y cultura es parte de los legados desafortunados de la modernidad europea, el urbanismo y la industrialización, no resulta descabellado pensar que algunas alternativas pasen por eludir formas dualistas-maniqueas de entender el mundo, y por construir una cultura de la naturaleza, un reconocimiento de lo ambiental y/o la naturaleza desde la alteridad, desde los derechos de lo no humano, desde nuevos lenguajes para nombrar esas asociaciones, y no solamente desde una descripción, apropiación y gestión naturalista. Esto puede ocurrir en sitios rurales, silvestres y en ciudades. Parece que muchas ciudades, patrimoniales o no, sean megalópolis como São Paulo y México, las enormes Buenos Aires, Bogotá, Caracas y Lima, u otras de menor tamaño, pero que también llamamos grandes como Quito, y los cientos de aglomeraciones de menos de un millón de habitantes, podrían apoyarse en el enfoque biocultural para aunar en la superación de cuestiones estructurales comunes. Reconocer y promover el derecho de la biodiversidad de la ciudad y nuestro propio derecho a la biodiversidad en la ciudad, especialmente en espacios públicos, seguros, habitables, es otra baza a considerar ante problemas estructurales como la pobreza, violencia, exclusión, desigualdad, contaminación, obesidad, sedentarismo, depresión y otros trastornos psicológicos. Pensemos que la falta de contactos con la naturaleza estaría ocasionando problemas como que los adolescentes en Los Ángeles sean más capaces de identificar un arma por su detonación que un ave por su canto (Byrne, 2011). Y no quiero decir que la biodiversidad es lo único a lo cual debemos prestar atención. Sin duda, territorios como el centro de Quito, requieren intervenciones complejas en sus edificios, en el control de actividades ilícitas, en la vulnerabilidad ante sismos y eventos volcánicos, en los sistemas transformados por la contaminación o en el relleno de quebradas. La idea es, en ese escenario, considerar que la biodiversidad puede coadyuvar a superar esos problemas. Un enfoque biocultural de la ciudad, al tender a recordar, revalorar y reaprovechar la flora y fauna nativa, puede construir nuevos paisajes, mejor adaptados y con nuevos sentidos, nuevas memorias que ayuden a decolonizar la ciudad latinoamericana. El regreso de la biodiversidad nativa podría ayudar a romper hilos de la compleja telaraña que supone la colonialidad, entendida por Aníbal Quijano (2000) como el asunto que cruza todos (o casi todos) los problemas estructurales de América Latina. Esto no supone exterminar las especies exóticas de parques y jardines, sino complejizar el manejo del verde, algo que en Quito parece estar cambiando. Pero antes que eso, en sitios como el centro histórico de Quito es necesario superar la recurrente invisibilización de la naturaleza, nativa o exótica. En las historias sobre el espacio se alude al comercio, a las casas y sus dueños, a los religiosos y sus iglesias, con apenas alguna alusión aislada a jardines y huertos de los conventos, y ninguna a los jardineros y las mujeres a cargo de los espacios verdes privados. En esas historias lo natural pareciera invisible, invisibilizado como tantas otras cosas en el mundo colonial. No importa si se sustituyeron cedros por pinos, plazas por parques, bosques y sembríos por zonas urbanas, quebradas por avenidas, o especies nativas por exóticas, sino el arribo de teléfonos, electricidad y medios de transporte. Como si los árboles no existieran, o no se quisiera que estén, son fantasmas en la ciudad de piedra, adobe y concreto, donde sólo la vida humana parece importante. Los otros seres vivos y el agua, el aire, han sido silenciados de las narrativas y de los mapas, soterrados como las quebradas, como los desecados humedales, relegados al papel de figurantes, como mucho. Esas narrativas no son completamente acertadas: he ilustrado que la ciudad ha pasado por procesos de borrón y/o conservación de la naturaleza, y por transformaciones de la idea sobre el tipo de naturaleza que es apropiada para la urbe y sus contornos. Quizá convenga reflexionar sobre cómo reconstruir ese vínculo desde nuevas narrativas, asociando el verde nativo con una idea diferente de modernidad. Quizá requerimos una idea distinta, diferente de la misma idea de “Modernidad” (con mayúsculas), entendiendo que flora y fauna nativas no son signo de atraso y son perfectamente compatibles con el deseo de construir territorios urbanos para conversar, conocer, crear, innovar, disfrutar. Una gestión de territorio patrimonial biocultural urbano podría llevar a que no se cuiden solamente las iglesias, calles y piedras, sino también plantas, animales, quebradas y lomas, y lo inmaterial asociado con ellas, con la misma dedicación. La legislación, normativa e institucionalidad actual de Quito están enfocadas hacia una gestión de la biodiversidad, pero para que sea una tendencia más allá de declaraciones, para que sea una praxis, se requiere de un entusiasmo viral entre habitantes y gestores. Se requiere más educación, capacitación y comunicación sobre los valores de la biodiversidad urbana, entre estudiantes, funcionarios, técnicos y urbanistas. Y reforzar los imaginarios positivos, superando los que consideran que los árboles son negativos, que rompen veredas y ensucian calles, que al caer

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